Entre otras normas de la ONG, está la de no comulgar en misa si no eres católico. Nos contaron que había pasado ya que los japoneses iban a por la hostia y no sabiendo qué hacer con ella, se la metían en el bolsillo del vaquero. Jajaja
Fuimos a visitar la casa de la Madre Teresa, un convento donde está su habitación, su tumba, la capilla donde dan misa, y el museo. En el museo hay paneles contando su vida, álbum de fotos, su silla de ruedas, la tacita donde bebía agua, las agujas que usaron para hacerle análisis y un trocito del tubo que le ayudaba a respirar cuando ya no podía hacerlo por ella misma, entre otros muchos otros objetos personales.
Al día siguiente quedé con un par de españolitos para ir con ellos a “la casa de madre”, porque era mi primer día y no tenía ni idea de nada. Me levanté a las cinco de la mañana para ir a misa, que era de seis a siete. Las monjitas cantaban, estábamos sentados en el suelo, y todo era en inglés. Por lo demás, una misa normal.
A las siete hemos ido a desayunar a la sala de voluntarios. Plátano, té y pan de molde. A las ocho menos algo, por grupos, hemos ido caminando a las diferentes “casas”. La nuestra estaba a casi media hora, pero por un barrio muy “auténtico”, el que se ve en las fotos de la India de los reportajes que muestran la pobreza, pero una pobreza “digna”.
Nuestra “casa”, Pren Dam, acoge a hombres y mujeres ancianos y enfermos que encuentran por la calle. Son los más pobres entre los pobres. No solamente no tienen dinero (como todos), sino que tampoco tienen casa ni familia y son despreciados por el resto. Lo que se pretende es darles cariño y amor, estar con ellos y ayudarles a que mueran en mejores condiciones.
El centro se divide en dos zonas, una para hombres y otra para mujeres.
Una vez allí nadie te dice qué tienes que hacer. Nadie manda, tú ayudas como puedes. Los demás voluntarios, los que tienen un poco más de experiencia, te pueden indicar, hay unas rutinas que se siguen cada día. “Haz lo que veas que hacen los demás”, como los japoneses en misa, pero observando mejor.
Nos hemos puesto unos delantales y nos hemos unido a una gran cadena de lavado de ropa:
Paso número 1: Separar la ropa, la que tenía heces de la que no, y enjuagarla a manguerazos.
Paso número 2: Se mete la ropa en una pila y se limpia con desinfectante.
Paso número 3: Lavar con agua y jabón. Frotar.
Paso número 4: Primer enjuague.
Paso número 5: Segundo enjuague.
Paso número 6: Tercer enjuague.
Paso número 7: Escurrir la ropa y tenderla en la azotea.
Entre paso y paso se escurre la ropa en un largo banco de cemento. Yo he estado entre el paso 5 y el 6.
Cuando toda la ropa estaba lavada, hemos repartido el desayuno entre las mujeres ingresadas. Muchas no son capaces de comer solas, y hay que darle el plátano con la mano, o sujetarles el vaso de leche. Después se friega y se recoge. Se hacen las camas (se cagan mientras duermen, así que hay que cambiar las sábanas a diario) y se está con las ancianas (172 hoy por la mañana). Se les acompaña al lavabo, se charla con ellas (o “se hace como qué” porque ninguna habla inglés, aún si hablaras su idioma, apenas serían capaces de comunicarse contigo).
Hay dos plantas, en la planta baja están las que se encuentran en peores condiciones, las que no pueden apenas caminar, y en la primera las que están un poco mejor. Yo he estado casi todo el rato en la planta baja, sin saber muy bien qué hacer. Las he tocado y acariciado, pero hay una voluntaria, enfermera en España, que dice que no debo hacerlo, porque me pueden contagiar la sarna. Otras dicen que no pasa nada, y las tocan mucho siempre. Hay quien opina que es mejor usar guantes, y quien dice que el trato sería mucho más inhumano. No sé qué hacer. Después de estar con ellas y de hablar sobre esto, me picaba todo, pero era psicológico.
A media mañana tenemos un ratito para tomar té y galletas. En teoría son quince minutos, pero se alarga a media hora porque estamos de charreta.
Entre las voluntarias había tres estudiantes de medicina, tres enfermeras y una médica. Las enfermeras han estado la primera mitad de la mañana haciendo curas. Hay una ingresada que tiene una herida enorme en la pierna, que se le va extendiendo porque es diabética y está mal curada. Según ellas, la única solución ahora es amputar, pero esto no es un hospital, aquí no vienen enfermos a recuperarse, vienen ancianos a morir. Imagino que los medios para amputar existen (al estilo indio), pero no sé qué pasará.
Después del té hemos repartido la comida, y dado de comer a aquellas que no podían hacerlo solas. Hemos fregado los platos (de nuevo en cadena, otros cuatro pasos), y nos hemos ido.
He estado visitando el Victorial Memorial, el Planetario y una catedral por la tarde.
Maribel me ha contado que lo suyo es bastante fácil, que simplemente va a jugar con los niños, que hay varios grupos, según edades, que ella ha estado con los de dos-tres años.